7.3.10

Su mano descubrio una curva alrededor de mi codo y descendió despacio por mi brazo y las cosillas para luego recorrer mi cintura y avanzar por mi pierna hasta la rodilla, donde se detubo, ensoncó la mano en torno a mi pantorrilla.
Constuve el aliento. Edward jamás se permitía llegar tan lejos. A pesar de la gelidez de sus manos, me sentí repentinamente acalorada. Su boca se acercó al huevo de la base de mi cuelo.
- No es por atraer tu cólera antes de tiempo -muermuró-, pero ¿te importaría decirme qué tiene de malo esta cama para que la rechaces?
Antes de que pudiera responder, antes incluso de que fuera capaz de concentrarme lo suficiente para encontrarle sentido a sus palabras,
Edward rodó hacia un lado y me puso encima de él. Sostubo mi rostro con las manos y lo orientó hacia arriba de modo que mi cuello qedara al alcance de su boca. Mi respiracio aumentó de volumen de un modo casi embarazoso, pero no me preocupaba avergonzarme.
-¿Qé le pasa a la cama? -volvió a preguntarme-. Me parece estupenda.
-Es inecesaria -me las arreglé para contestar.
Mis labios perfilaron el contorno de su boca antes de qe retirase mi rostro del suyo y rodara sobre sí mismo, esta vez mas despacio, para luego cernerse sobre mi, y lo hizo con mucho cuidado para evitar que yo no tuviera que soportar ni un gramo de su peso, pero podía sentir la presión de su frío cuerpo marmóreo contra el mío. El corazón me latía con tal fuerza que apenas oí su amortiguada risa.
-Eso es una cuestón discutible -discrepó-. Sería difícil hacer esto ensima de un sofá.
Recorrió el reborde de mis labios con su lengua, fria como el hielo.